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Después de resurrecciones en pensamiento, puedo decir que empiezo la campaña de auto descubrimiento. Una liturgia que comencé sin ningún afán de victoria, con una meta sin planear. Compré ideas en internet y, en la tienda del centro comercial, conseguí una mano y una pluma de fina tinta. Le robé las palabras a los libros, las citas a las bocas y los rostros a los desconocidos. Orgulloso de mis fechorías, las plasmé en una vida, no muy mía y menos tuya. Entonces, los atardeceres ganaban interés y la moneda de Perú se recobraba entre oros e indicadores. Veía la lluvia caer y soñaba las tormentas entre canciones de papel. La justicia me mandó una carta, dentro de ella, una foto de la dama. Me llamó por mi nombre y me pidió que le escriba de vuelta. Los que me conocen saben que no lo hice. Luego, me mandó la imagen de Perú y me uní a su causa. La carta la guardé en un armario de pino, que sólo tenía un cajón. De ese cajón saqué un cobertor, unos pantalones, una cadena, un perfume y dos recuerdos. Me di cuenta que quería a mi familia más que la cuenta de la universidad, y ellos me dijeron que ya lo sabían, por email me lo mandaron. No hago muchos amigos pero sí tengo muchos. De alguna manera logro distraer a su amistad y nos vamos a caminar por Larco, al menos por tres meses. No busco enamoradas ni enamoradas por enamorar, prefiero el sonido del cristal, cuando arremete contra otro. Me creo agnóstico del amor, pero no es verdad. En realidad, me enamoro diariamente pero en la noche me divorcio de ellas. Muchas veces soy sincero, pero sólo cuando les conviene; lo que quiero decir es que, no les quiero hacer querer la mentira de la verdad. No tengo un ego muy hinchado pero sí es fácil de hinchar. Hablo con psiquiatras y psicólogos, pero no soy orate, sólo les intereso. Le digo piropos a los sordos y le escribo cartas a los ciegos. De cuando en vez le doy la razón a Oscar Wilde, lo popular, ¿verdad? No me tengan fe porque no soy estatua, sólo soy un muchacho en busca de algo que no perdió. Soy bien amigo de mis padres, aunque, cierto reparo les causo cuando empiezo a hablar del cementerio de sueños. Hace un tiempo, llamó a mi puerta la prima hermana de la nostalgia, era la tristeza. Nos tomamos un whiskey, entre enredos corporales, susurró que no se iría. Muy fiel resultaría. Tengo un desamor que no me hace daño, una chica que se ganó mi respeto y afecto, no sé si somos amigos pero seguro que al lado del camino lo seremos. Hablo en inglés a las camas, mala estrategía debo confesar, sus habitantes no me conceden entrevista, así las sábanas estén frías. fae No recuerdo los café del centro de mi ciudad, no es mía ni del alcalde y tampoco soy de ahí. Soy un hijo adoptivo de ella. No obstante, mantengo contacto con mi madre natural. Le quiero y no la conozco mucho. Tendré años limeños y noches barranquinas. Si se dieron cuenta, no hablo mucho de las mañanas. No somos muy amigos. Si nos vemos, cordialmente, nos saludamo, pero duermo durante ella porque la noche, mi querida noche, me seduce con caricias celestiales. Me promete lunas y estrellas, hasta ahora no ha fallado. Me atrevo a escribir en oportunidades, sin embargo no soy escritor, creo en la brillante mediocridad de mi trabajo. Ahora, estoy muy cansado para continuar. Gracias por leerme.
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